El heroísmo cívico
Publicada el Jue, Abr 23, 2020

Por Carlos Castillo.

La excepcionalidad distingue a la figura del héroe a lo largo de la historia de la humanidad: aquella o aquel que destaca dentro del grupo por atributos asociados con la fuerza, el talento, la capacidad, la inteligencia o la habilidad.

También, y a partir de que la sociedad del consumo se estableció como paradigma mundial, esa excepcionalidad se asocia con la riqueza, la fama, el glamour o el atractivo, entre otros “atributos” mucho más frívolos pero que no dejan de despertar admiración y buscan ser imitados.

La sociedad de la información ha generado, por su parte, otras formas más edulcoradas del heroísmo y que tienen que ver con la presencia pública, la disrupción, la originalidad, el emprendimiento o la espontaneidad, atributos que se resumen en el modelo a seguir por antonomasia en nuestros días: el “influencer”.

Si bien la forma en que destacan una mujer o un hombre está de común asociada con el individuo en solitario, con el héroe único, con el líder aclamado, no deja de ser irónico que sea precisamente ese modelo vertical el que siga prevaleciendo en un mundo que valora –o al menos así pareciera– cada vez más la horizontalidad, con las redes como forma de acción, con la igualdad como aspiración de las democracias.

Asistimos pues a una época de contradicciones e incertidumbres en que no se termina de prescindir del liderazgo personalista y hasta mesiánico, al tiempo que se proclama la cada vez mayor autonomía de las personas y se elogia la posibilidad de igual acceso a la información y la comunicación.

No hemos aún aprendido a prescindir pues de ese único personaje que es capaz de alumbrar en tiempos obscuros, de marcar pautas y rutas en épocas convulsas, de encarnar valores o características que grupos cada vez más atomizados y especializados aspiran a seguir y emular, a escuchar y admirar, muchas veces prescindiendo de toda crítica, señalamiento o inconformidad.

Es así como se deifican personajes y se construyen perfiles de una vigencia cada vez menor, de rasgos que tampoco alcanzan a convencer allende su área de influencia y que son incapaces de trascender más allá de un prestigio momentáneo y fugaz.

Albert Camus señaló, por el contrario, que el heroísmo consiste en “gente ordinaria haciendo cosas extraordinarias” por razones que no van más allá de la decencia, del deber moral: solamente por considerar que ese actuar es lo correcto. De esta manera, hizo de la excepcionalidad una normalidad asequible para toda persona desde su propio espacio de acción.

En su novela, La peste, el filósofo francés relata el encierro forzado de los habitantes de la ciudad argelina de Orán, al extenderse una plaga que extermina sin piedad ni distingo de clases, que iguala al rico y al pobre, que condena a la incertidumbre de que cualquiera puede de pronto verse aquejado por los síntomas que una vez aparecidos conducen a una agonía lenta y dolorosa.

El personaje principal del relato es un médico, el doctor Rieux: un hombre sencillo, ajeno a cualquier fe que justifique deidades indolentes frente al desahucio de un niño, entregado a una labor que en unos días pasa de asistir enfermedades comunes a constatar impotente cómo la vida de sus vecinos, de sus amigos, de desconocidos que lo asumen el último reducto de una al final de cuentas inútil esperanza, se le va de entre las manos sin posibilidad alguna de hacer más que paliar los dolores previos a una muerte segura.

Publicado en 1947, el libro de Camus fue visto como una metáfora de la Francia ocupada durante la invasión alemana durante la Segunda Guerra Mundial. En la reedición realizada por Penguin Books en 2001, el prólogo del historiador Tony Judt vio en ella la alternativa para un mundo que se polarizó entre “buenos” y “malos”, y que exigía un punto medio desde el cual salir del maniqueísmo bélico para reconstruir un espacio de convivencia.

Hoy, frente a la pandemia del COVID-19 que asola a la humanidad, La peste nos demuestra que el heroísmo de nuestro tiempo no consiste ni en la fuerza, ni en un redentor que nos pondrá a salvo de manera instantánea, ni en un video de Instagram o Tik Tok que será “tendencia unas semanas”, ni en un meme que nos arrancará una sonrisa en medio de la tragedia: Camus nos recuerda, 73 años después, que la excepcionalidad de nuestros días está en doctoras y doctores, enfermeras y enfermeros, aquellas personas anónimas que más allá de liderazgos de ocasión o popularidad y fama, asumen como una auténtica vocación la labor que eligieron por gusto, y que ese gusto puede incluso costarles la vida.

Mujeres y hombres normales haciendo por deber, por convicción, por entrega, cosas extraordinarias todos los días: el heroísmo cívico de lo cotidiano al que debiera aspirar como modelo toda sociedad democrática.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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