El globo contra el mundo
Publicada el Mar, May 26, 2020

Por Javier Brown César.

Los desastres naturales y las pandemias nos devuelven a la realidad primordial de nuestros mundos, esos espacios en los que puede florecer la intimidad, en los que el lenguaje se constituye en el medio privilegiado de coordinación social y las interacciones diarias se recuperan gradualmente en un ámbito no controlado por redes y tecnologías. En la intimidad de nuestros mundos a los que nos vemos remitidos, tenemos la oportunidad privilegiada de proponer las cuestiones primordiales sobre nuestra existencia individual, nuestra vida en comunidad y nuestras formas de organización política.

Hace veintidós años, Carlos Castillo Peraza publicó un ensayo en el que hablaba del globo en busca del mundo. El globo es esa realidad geográfica, física, topológica que quedó definida de una vez por todas gracias a la ambiciosa travesía de Magallanes-Elcano en el siglo XVI, lo que permitió cartografiar el planeta y desterrar para siempre de nuestro mapa mundi, las tierras desconocidas (terra incognita).

El mundo, a diferencia del globo, no es una realidad física, es un ámbito o más bien una multiplicidad de ámbitos interconectados conformados por amplios plexos de relaciones humanas, es el “sitio habitado por seres humanos capaces del bien y del mal, distinto y a veces contrario al lugar de la perfección angélica y de la divina, al «otro mundo» al que van las almas de los que mueren”.

El globo es un monumental ámbito geográfico conectado por múltiples vías que garantizan, de manera selectiva, el tránsito de capitales, informaciones y personas. Por el globo transitan quienes tienen capacidad para financiar sus empresas viajeras o quienes buscan otras tierras y otros sueños; a los primeros, las puertas y fronteras se les abren en función de su capacidad de pago, a los segundos se les pueden cerrar debido a su incapacidad para pagar.

Adela Cortina acuñó el término aporofobia para referirse al odio al pobre. Es el pobre migrante el que ve cerradas las fronteras, el que es rechazado y discriminado, segregado y excluido; es el pobre que busca otras tierras quien padece la reclusión en otras latitudes y quien es sujeto principal de expulsión abyecta. El globo es el lugar por el que transitan libremente emprendedores, aventureros, vividores, viajeros, artistas y personas célebres, pero no un lugar propicio para los sin hogar, sin familia y sin dinero. Esta realidad dolorosa refleja que el globo es profundamente discriminatorio y no tiene otro afán que producir y acumular.

Castillo Peraza refiere que la globalización se caracteriza por la vorágine de tres revoluciones: “la de la internacionalización acelerada de los grupos industriales; la del desarrollo tecnológico cuya velocidad creciente sólo tiene como límite la obsolescencia programada de las nuevas máquinas y la del ascenso en términos de poder de la «esfera financiera que tiende cada vez más a autonomizarse en relación con los otros componentes económicos»”.

Hoy vivimos tiempos de gran incertidumbre, pero esto no es una novedad, ni el resultado de catástrofes repentinas o pandemias voraces, la humanidad ha llegado a un momento de su deriva histórica en la que el cambio climático, las regresiones autoritarias, la creciente desigualdad planetaria y la inseguridad consuetudinaria nos conminan a preguntarnos acerca del futuro del ser humano. La cuestión de fondo se refiere, en lo fundamental, a la recuperación de nuestros mundos, de estos espacios de intimidad y convivencia mediados por el lenguaje que no están sujetos a la hegemonía de las redes y las tecnologías.

La globalización, como fenómeno indolente da la espalda a los múltiples mundos, destruye la confianza, porque su lógica es inflexible y su dinámica incansable. La capacidad de producción ilimitada devasta a cada paso los recursos que hacen que el mundo, que nuestros mundos sean mejores y, por ende, más habitables. Según Peter Sloterdijk el afán ilimitado de producción fue expresado con brillantez por Julio Verne en su Vuelta al mundo (que no al globo) en 80 días: Phileas Fogg “en el último tramo de su vuelta al mundo –el cruce del Atlántico, de regreso a Inglaterra desde Nueva York-, ante la falta de carbón, comienza a derribar las estructuras adicionales de madera del propio barco para alimentar con ellas las calderas de la máquina de vapor. Con el barco que se quema a sí mismo de Phileas Fogg, Julio Verne encontró nada menos que una metáfora universal de la era industrial…”

Estamos en la era de la producción ilimitada de toda forma de industria, desde la siembra hasta los servicios de alimentación, pero esta era es además la de la desigualdad, la del miedo al pobre (la de la aporofobia) y la del temor generalizado. Ya en la Retórica, Aristóteles consideró que el temor destruye la confianza: “la confianza es lo contrario del temor y, lo que causa confianza, de lo que provoca temor”. No en balde se padece hoy una crisis de confianza generalizada: hacia las otras personas, las instituciones, las autoridades, los partidos políticos.

No enfrentamos una crisis de confianza autogenerada que no desaparecerá si lo hacen los partidos políticos y quienes se dedican a la labor política, porque la raíz de nuestras desconfianzas es el miedo generalizado, detonado por el futuro incierto, por la creciente falta de expectativas, por la posibilidad cada vez más cercana de quedar del lado de quienes son pobres, por el horror a que se haga realidad actual el pobre que todos llevamos dentro.

Esta era podría denominarse, a decir de Martha Nussbaum como la monarquía del miedo: “¿En qué consiste el miedo actual? Muchos… se sienten impotentes, sin control sobre sus propias vidas. Temen por su futuro y por el de sus seres queridos”. Los tiempos de reclusión son la oportunidad privilegiada para recuperar nuestros mundos, a pesar del globo, como base para una mundialización caracterizada por “la expansión del Estado de Derecho para arribar a un Mundo de Derecho. La mundialización es globalizar valores fundamentales del hombre, como los derechos humanos y la responsabilidad solidaria”.

Tal vez sólo así, recuperando nuestros mundos a pesar del globo y sus afanes “integradores” podamos desterrar el miedo que causa un futuro incierto, a partir de la edificación de una agenda que repudie la desigualdad, regenere de manera responsable nuestros recursos y nos lleve al encuentro de quienes son diferentes y principalmente de a quienes debemos incluir en nuestros mundos, sin miedo ni resentimiento: los pobres. A partir de un mundo incluyente, abierto, solidario y en el que los derechos humanos tengan plena vigencia para toda la humanidad, podrán recuperarse los mundos, nuestros mundos, hoy fragmentados por falta de un consenso planetario vinculante, y de una auténtica agenda global que reconozca la igual dignidad personal de todas y todos quienes habitamos el planeta.

 

Twitter: @JavierBrownC

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