El final de una idea y el principio de otra
Publicada el Vie, Ene 26, 2018

Por Javier Brown César.

Estamos ante lo que algunos sociólogos llaman interregno: un estado de cosas en el que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer. En México, se trata de la inacabada transición de un sistema de dominación y control político que marcaron con su dinámica a la mayor parte del siglo pasado.

Lo viejo
El autoritarismo del siglo XX fue resultado de la consolidación de un sistema represor presidencialista en el que el titular del Poder Ejecutivo detentaba facultades extraordinarias: era a la vez jefe de Estado, jefe de gobierno, líder del partido hegemónico, con poderes para remover libremente a gobernadores y alcaldes y con facultades plenas para imponer su agenda legislativa, además de que controlaba al Ejército, la policía y los medios de difusión.
El sistema político se caracterizó por ser autoritario, patrimonialista, paternalista y mistificador. El autoritarismo implicó la absorción de la actividad de los particulares bajo un modelo corporativo que negó en los hechos la libertad individual, vulneró los derechos de asociación y suprimió la posibilidad de elegir libremente a las autoridades.
El patrimonialismo consiste en la utilización de recursos públicos con fines privados: enriquecimiento demencial e insensato, promoción de familiares y amigos impresentables, utilización de medios materiales para actividades personales y uso de los recursos del Estado para fines individuales.
El partido oficial devenido en gobierno absorbió las actividades de individuos, agrupaciones y empresas en una lucha denodada para lograr la hegemonía ideológica, que se basaba, según Octavio Paz, en un Estado que “luchó contra la iglesia no para fortalecer a los individuos sino para sustituir al clero en el control de las conciencias y las voluntades”. A la religión sucedió, durante el siglo XX, el mito revolucionario.
La mitología creada por el régimen se basaba en una idea, el nacionalismo revolucionario, cuyo fin ha llegado. Este mito se apuntaló con libros de historia que encumbraron caudillos y sepultaron a los creadores de instituciones. Parte de esta mitología se tradujo en obras públicas de ornato que, a decir de Octavio Paz, recurrían en vacuos rituales de “gobiernos empeñados en levantar en un parpadeo sexenal babilonias de cemento del tamaño de su vanidad”; obras con el nombre de sus impulsores que pulularon por toda la República.

Lo nuevo
En estos últimos años hemos sido testigos del fin de una idea que fue la base de la organización política, económica y social de nuestro México. Hoy necesitamos una idea nueva, que haga que la persona sea el eje y el destinatario de la actividad estatal, una idea basada en la reivindicación del valor de cada persona, lo que implica luchar contra el olvido histórico de la dignidad humana, que tantas vidas costó en los campos de concentración y exterminio, y en masacres y guerras sucias que tiñeron de sangre el panorama nacional.
La nueva idea que propone Acción Nacional es la del humanismo político, una filosofía, una forma de pensar y de ser y un método de lucha y acción política. Contra las arbitrariedades del autoritarismo se esgrime la defensa de la democracia como el régimen que mejor responde a la dignidad humana y a los anhelos de libertad y justicia.
Contra la degradación sistemática de la política se opone una concepción que hace de ella una actividad noble y digna, y no una agencia de colocación de personas sin talentos ni capacidades, no un club de cómplices y bandidos, sino el punto de encuentro de personas con claridad de miras, con fines superiores, con aptitud técnica, con una mirada limpia de la vida nacional, dispuestos a remediar males, a mejorar la condición de las personas.
Contra los mesianismos y los liderazgos carismáticos y la concepción del líder político como suprema dignidad, se debe transitar a la recta definición de la autoridad cuyos méritos radican en la capacidad de servicio y en la construcción diaria del bien común, única justificación de la autoridad y fin superior de la comunidad política.
El humanismo político implica poner fin a la relación autoridades-ciudadanía basada en la extracción de rentas, la extorsión y el abuso, para proponer autoridades cercanas, al servicio de las personas, que generan bienes y servicios públicos de calidad, respetuosas de los derechos humanos y que asuman los costos de sus acciones y decisiones.
El tránsito a un nuevo régimen implica poner fin a redes clientelares y a partidos políticos convertidos en monstruosas maquinarias electorales que funcionan intermitentemente: una vez que llevan al poder a una nueva coalición desactivan sus funciones cívicas y sociales para concentrarse en la defensa de sus líderes y en la denostación de los opositores; debe decretarse el fin de la política de suma cero en la que el ganador se lleva todo y el perdedor aguarda años en espera de una nueva oportunidad.
El humanismo político promueve una sociedad en la que se recuperen las redes de colaboración, en la que la tónica de cada día sea la confianza en el vecino, en la ciudadanía y en las autoridades. El ideal es que si hay mendicidad ésta sea resultado de una opción bien meditada y no un destino inflexible generado por la incapacidad del Estado para promover políticas públicas subsidiarias.
Ha llegado el momento de poner fin a procesos electorales basados en la usurpación de la voluntad popular para dar el paso a procesos en los que la elección de las autoridades sea resultado de amplios procesos de reflexión y deliberación, y que cada acto de la autoridad sea controlado y supervisado por aquellos a quienes están destinados los bienes y servicios públicos.
El reto que se plantea al Partido es el de construir, al interior de la propia organización, la sociedad ideal que se pretende construir afuera: más justa y solidaria, ordenada y generosa. El ideal final y determinante es el que Manuel Gómez Morin bosquejó en su momento para su querida Universidad: “una alta Institución, disciplinada, limpia, capaz de una clara labor, de tal modo que en vez de ser espejo que refleje con mezquindad aumentada las cosas que pasan fuera, sea… una antorcha que ilumine un poco los caminos de la República”.

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