El encuentro con la política
Publicada el Mie, Ago 21, 2019

Por Javier Brown César.

La política es una actividad indispensable, noble, superior, ordenada a la consecución y realización del bien común. Sin política, no habría forma de que las comunidades humanas se mantengan unidas, solidarias; sin política, la violencia se impondría por encima del diálogo y el acuerdo. Cuando pensamos en nosotros mismos, en nuestro cuerpo y nuestras emociones, llegamos a nuestra interioridad, a lo más íntimo de nosotros. Podemos sentir entonces el frío, el calor, la ansiedad, la sed, el hambre. Podemos saber qué pensamos a cada momento, porque somos, ante todo, conciencia de nosotros mismos, tenemos un yo que nos identifica y nos define.

La conciencia no es otra cosa que ese ser yo mismo que se basa en que tengo un pasado, lo hago mío en el presente y lo proyecto en un futuro deseable. Esta actividad a la que llegamos a partir de la meditación y la introspección, en la que detectamos anhelos, aspiraciones y emociones no es política, porque es una relación exclusiva consigo mismo; la política surge cuando aparece el reto del otro, cuando hay alguien diferente que nos comunica sus propios anhelos y necesidades; nace entonces la convivencia y la conciencia del deber.

Aristóteles de Estagira expresó lúcidamente cómo el lenguaje es la base de nuestra naturaleza social: “El por qué sea el hombre un animal político, más aún que las abejas y todo otro animal gregario, es evidente. La naturaleza -según hemos dicho- no hace nada en vano; ahora bien, el hombre es entre los animales el único que tiene palabra. La voz es señal de pena y de placer, y por esto se encuentra en los demás animales… Pero la palabra está para hacer patente lo provechoso y lo nocivo, lo mismo que lo justo y lo injusto; y lo propio del hombre con respecto a los demás animales es que él solo tiene la percepción de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto y de otras cualidades semejantes, y la participación común en estas percepciones es lo que constituye la familia y la ciudad”.

Platón de Atenas, en el mito de Prometeo, que narra Protágoras en el diálogo homónimo, describe cómo la palabra es la base para el surgimiento de la política en tanto que ciencia, y cómo la política se perfecciona gracias a la posesión del sentido moral y de la justicia. En un inicio, el ser humano: “articuló rápidamente, con conocimiento, la voz y los nombres, e inventó sus casas, vestidos, calzados, coberturas y alimentos del campo. Una vez equipados de tal modo en un principio habitaban los humanos en dispersión, y no existían ciudades. Así que se veían destruidos por las fieras… Pues aún no poseían el arte de la política…”.

La palabra, como característica única de la persona, nos abre el mundo, crea horizontes, estrecha relaciones, abate fronteras. Para los griegos era un don preciado que nos alejaba de la barbarie para llevarnos al umbral de la civilización. El conocimiento de sí mismo, como imperativo que heredamos de los griegos, es siempre incompleto si sólo pensamos en quiénes somos. Conocernos es un reto supremo que sólo se puede enfrentar en comunidad, ya que el otro me revela como lo que soy; es a partir del conocimiento de los demás, que se adquiere en política, como se puede llegar a un conocimiento más profundo de uno mismo.

La política es una actividad noble y superior que sólo se puede desarrollar en la apertura y donación al otro. No se trata de una actividad aislada y mucho menos, de una actividad limitada a los llamados “políticos”. Todos hacemos política desde el momento en que convivimos con otras personas de forma ordenada, acatando leyes y normas, respetando a las autoridades. La política comienza cuando se da la necesidad de organizarnos para llevar a cabo trabajos comunes, coordinados, a partir de la comunicación, el diálogo, el respeto y el encuentro. La política está estrechamente vinculada con el cumplimiento de deberes, con el ejercicio de la autoridad y con la realidad de un ente superior que vincula a una comunidad: el Estado.

Efraín González Luna expresó con gran elegancia la necesidad de la política para la persona, ya que: “es un ser naturalmente sociable… viene ya a la vida gracias a una sociedad natural: la familia, y si no lo recibiera la familia, el pequeño ser gimiente y débil, imposibilitado de valerse por sí mismo, perecería sin remedio. Si el amor de los padres no abriera el camino y trazara la trayectoria y enseñara al niño a dar los primeros pasos, no sólo los corporales, sino también los del viaje maravilloso de la inteligencia y los de la marcha dura de la voluntad; si no rodeara con ternura y amor infinitos la familia al niño, no podrá ser, ni podría, mucho menos, perfeccionarse. No podría cumplir su destino. Y lo que no hace la familia lo hacen después las sociedades más desarrolladas, que complementan la obra autónoma, pero insuficiente, de las formas más reducidas de asociación. Cuando la familia no es bastante para satisfacer determinadas existencias de la vida humana, el conglomerado de familias da lugar al nacimiento de la comunidad municipal, luego la provincia y más tarde la nación”.

Pagar impuestos, respetar los señalamientos viales, no estacionarse en lugares indebidos, ceder el paso a quien lo requiere, ayudar a alguien a cruzar la calle, obedecer las indicaciones de las autoridades en casos de emergencia, atender instrucciones cuando se está en grupos numerosos, son todas actividades políticas: sólo se dan en compañía y en relación con los demás, bajo el amparo de la suprema organización política: el Estado. González Luna bosqueja estas ideas con fuerza singular: “nadie puede invocar privilegios de exención. Más aún, el hombre abstracto no existe, sino tal hombre, hijo de tales padres, con tales responsabilidades de familia, viviendo en tal lugar preciso y sujeto a tal autoridad. Ese hombre, cada uno de nosotros, no puede, por tanto, eludir el impacto del Estado sobre su persona y las de los suyos, sobre su patrimonio, no sólo material -éste tiene importancia secundaria-, sino sobre su patrimonio espiritual…”.

Como suprema comunidad ordenadora de la actividad política, el Estado, a los ojos de Efraín González Luna, es vital para consolidar una sociedad más justa y ordenada: “Es fácil ya comprender por qué de la altura del Estado bajan a la sociedad el bien o el mal, porque el Estado es la fuerza terrestre más vigorosa, la fuerza del orden temporal más decisiva en la vida social. Ya no nos cuesta trabajo entender por qué si el Estado se corrompe y no es corregida esta corrupción con la oportunidad y con la energía necesarias cunde el mal a la sociedad entera y toda ella se corrompe a su vez; por qué, si el Estado entiende su misión y cumple su deber, vigoriza, orienta y dirige recta y certeramente a la sociedad que gobierna para la consecución de sus fines. Al Estado recto y sano corresponde una sociedad bien organizada, vigorosa, libre”.

 

Twitter: @JavierBrownC

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