El canto de las Sirenas
Publicada el Jue, Abr 26, 2018

Javier Brown César

El pasaje del canto de las Sirenas es uno de los más famosos en la historia de la literatura universal, ha sido utilizado hasta el cansancio y el abuso, pero sigue siendo, con su expresiva potencia metafórica, una de las más extraordinarias historias que se hayan narrado. La gran aventura es relatada en La Odisea, por el autor a quien se le atribuye la obra: Homero. Ulises (Odiseo) regresa a Ítaca después de haber sido rehén de la Ninfa Calipso. La prevención contra las Sirenas aparece en el Canto XII (39-56):

“Lo primero que encontrarás en tu ruta serán las Sirenas que hechizan a los hombres en tránsito. Quien incauto llega a ellas y escucha su voz, nunca más regresará ni verá el país de sus padres ni a su querida esposa ni a sus tiernos hijos que le alegran el alma en torno suyo. Con su aguda canción las Sirenas atraen al viajero y le dejan para siempre en sus prados; la playa está llena de huesos y cuerpos marchitos con inerte piel. Tú cruza sin parar y tapa con masa de melosa cera el oído a tu tripulación; que no escuche ninguno aquel canto; sólo tú lo podrás escuchar si así lo quieres, pero antes han de atarte de manos y pies en la ligera nave. Que te fijen erguido con cuerdas al palo mayor: de tal forma gozarás cuando las Sirenas dejen oír su canto. Y si caso imploras a los tuyos o les ordenas que te suelten, te atarán cada vez con más lazos. Al cabo tus hombres lograrán superar con la nave la playa en que viven esas magas”.

La persona humana es por naturaleza y esencia un ser mitológico, de ahí que los mitos proliferen en todas las culturas. En México nuestras historias están plagadas de mitos fundacionales y revolucionarios, necesarios para conservar la narrativa que justifica tanto las desigualdades sociales como las arbitrariedades cometidas en nombre del pueblo. Durante décadas el pueblo ha sido un sujeto ubicuo de nuestra narrativa nacional: es la base y sustento de la nación al grado de identificarse con ella; sujeto de soberanía, que a su vez la delega, es en el fondo una abstracción que pretende aglutinar una pluralidad prácticamente inabarcable de individualidades diversas y sumamente ricas.

El populismo es un canto de Sirenas mortal para la democracia, ya que se basa en las seductoras promesas de quienes ofrecen soluciones fáciles de entender, aunque imposibles de aplicar; apela al pueblo como una especie de ser prodigioso, que en sus intuiciones es siempre certero e infalible en sus juicios, justificando así decisiones que incluso pueden imponerse por encima de las leyes. Parafraseando a Homero se puede afirmar que quien incauto escucha la voz de los populistas, nunca más verá al país que sus padres pretendieron edificar. El riesgo de apelar al pueblo se vincula a la tentación autoritaria de imponer decisiones sobre las instituciones del Estado, avasallando los poderes, controlando los medios de difusión a partir de la represión y el descrédito a la disidencia, mediante un reiterado plebiscito que apela al juicio de gusto, no encadenado por la fuerza de la razón.

Nuestra historia oficial y oficiosa está plagada de mitos, que oscurecen nuestro pasado, cuando no lo maquillan de forma aberrante: villanos exaltados a la categoría de héroes, plazas públicas y calles que proliferan por todo el país, con los nombres de personalidades que muchos quisiéramos olvidar; y en el fondo, los grandes constructores de instituciones negados sistemáticamente por una historia patria sesgada y poco generosa. Antes tuvimos Tlatoanis, Virreyes e incluso, ya siendo independientes, dos Emperadores. Hoy, el Huey Tlatoani, el “Gran Orador” reencarna en la figura del demagogo, que como en los tiempos de la democracia ateniense, hace uso de recursos democráticos para denostar primero, y desmontar después, las instituciones democráticas, comenzando por la libertad de prensa, única rival del Gran Orador, y continuando después por el espacio público, los órganos deliberativos y la disidencia, que en toda democracia es garantía de pluralidad.

De ahí la persistencia del mito de que uno solo puede resolverlo todo, legado histórico que resulta del desbordado y desbocado poder personal del Presidente de la República, figura de naturaleza prometeica, que quita a seres superiores recursos necesarios para sacar al pueblo de las tinieblas: con su luz es capaz de alumbrar los destinos de la patria. Este poder personal, a decir de Enrique Krauze, lleva implícito un carisma psicológico y moral, de ahí que: “Un gobierno legítimo debe tener «un sentido profundo de urgencia moral» que a menudo encarna en «dirigentes carismáticos con un atractivo psicocultural especial»”. Esta fuente de poder es la base necesaria para la edificación de un gobierno populista que para Krauze se basa en el “uso demagógico de la democracia para acabar con ella”.

La idea de que todo lo puede resolver el Presidente caducó a finales del siglo XX, cuando no hubo un grupo parlamentario mayoritario en la Cámara de Diputados. Desde entonces, la institución presidencial ha quedado denostada y devastada hasta el cansancio, atribuyéndosele la culpa de muchos de nuestros males. Desde la alternancia en el poder y la consolidación de nuestras instituciones democráticas, las coaliciones y las alianzas han sido indispensables para impulsar las grandes reformas: México dejó de ser la nación de un solo hombre: la pluralidad de voces y actores obliga a construir consensos con base en el diálogo.

La democracia es costosa y se fundamenta en un laberinto de instituciones que operan para balancearse unas a otras, pero a pesar de sus recovecos y dilaciones, es el único régimen que, hasta el día de hoy, garantiza amplias libertades, respeta la dignidad humana y repudia la represión. Hoy, gobiernos y candidatos nos exponen constantemente al canto de las Sirenas, símbolo de las pasiones sensibles que Odiseo pudo evitar gracias a que se encadenó al férreo silencio de la razón recluida en sí misma.

Millones de personas escucharon el canto de las Sirenas en Cuba, Venezuela y ahora en los Estados Unidos. Estas naciones sucumbieron al hechizo de los magos populistas. ¿Podremos aprender de la experiencia de nuestros vecinos o debemos acaso ver que en nuestras playas mueren quienes buscan otros horizontes políticos, y que en nuestras calles y campos proliferen seres famélicos, victimados así por quienes con éxito supieron repetir el canto de las Sirenas, endulzando nuestros oídos para llevarnos al desastre populista?

 

Twitter: @JavierBrownC

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