Efraín González Luna y la democracia
Publicada el Jue, Mar 21, 2019

Por Javier Brown César.

Efraín González Luna es famoso por ser uno de los fundadores de Acción Nacional y por haber bautizado a la doctrina panista como “humanismo político”. En el escrito titulado Visión del México Futuro el ilustre jalisciense sostiene que hay dos criterios para enfocar el problema del campo: uno, el nuestro, de un radical humanismo político; otro, el materialista, que desprecia al hombre para subrayar datos que nosotros consideramos secundarios.

Lo que pocos saben es que González Luna fue también un teórico de la democracia, a la cual consideraba como un vínculo de unidad nacional. La idea de democracia, nacida en la Atenas del siglo de Pericles, ha sido una de las más fructíferas y polémicas a lo largo de la historia. Muchas diferentes visiones e ideales han girado en torno al régimen denominado democracia, el cual es definido por don Efraín como “un orden político de servicio del Estado a la persona y a la comunidad, mediante el cumplimiento del bien común social. Se basa en el acatamiento de la naturaleza humana, de la común naturaleza humana en que se funda la igualdad de los hombres, en su común destino, y en la representación política de los ciudadanos, titulares de la autoridad y responsables del orden social”.

La base de la organización comunitaria, a diferencia de las teorías que fundamentan el surgimiento del Estado en un pacto social, es para González Luna un vínculo de índole espiritual, una “viviente relación de reciprocidad en el orden espiritual”. Además, como elementos constitutivos del consenso social, es indispensable tener conciencia de la sociedad, un sistema de convicciones sobre la convivencia social y participar en un designio común.

La sociedad, como fruto del encuentro entre necesidad y libertad, debe ordenarse a partir de “un principio unificador y coordinador que, sin destruir la libertad, sin desconocer la naturaleza humana, concilie, ordene, conduzca hacia un fin común”. Las amenazas o “fuerzas sombrías” que vulneran las libertades son la fuerza bruta de la dictadura militar, el exclusivismo racial, el egoísmo de clase, el poder económico, los particularismos o “la servidumbre del mayor número en beneficio de una minoría privilegiada”.

Así, para González Luna: “Lo único que hace posible el concierto de la diversidad, el respeto de la naturaleza y de la libertad, su conciliación, la unidad y el orden en la pluralidad libre y digna, es la democracia”. La democracia asegura la vigencia de las demandas, de los movimientos sociales, de las convicciones personales y de toda corriente legítima en la vida social. La unidad social queda salvada gracias a la representación política libre y eficaz en una sociedad de personas libres.

El bien común, como fin de la comunidad política, es el elemento primordial de la salvación de la persona “lo mismo en cuanto protagonista de una aventura temporal que en cuanto sujeto de un destino eterno”. Además, para el ilustre cofundador del PAN, la democracia va más allá de las definiciones mínimas que ven en ella un régimen que garantiza la alternancia en el poder sin derramamiento de sangre.

Para que la democracia sea sustancial y no meramente accidental, material y no solamente formal, se requieren como elementos básicos: el concepto real de la naturaleza y de la dignidad de la persona y de su destino, el primado del espíritu sobre la materia, una jerarquía de valores en la que se subordine lo inferior a lo superior, la noción de la necesidad de la vida social y del carácter natural y no contractual de la sociedad.

La autoridad, definida como el poder natural de unidad y coordinación, es consustancial a la vida social. La autoridad es causa formal de la sociedad, principio que le da perfección, orden, estructura, no otra es la función primordial de quien dirige a una comunidad humana. Pero el auténtico titular del poder público es la sociedad: la ciudadanía es dueña y señora de la autoridad, que se confiere por investidura legítima, a quien debe ejercerla.

Por otro lado, el alma de la democracia es la supremacía de la ley moral sobre la ley positiva, esta primacía deriva de la superioridad del bien moral sobre el resto de los valores, ya que “defiende y salva al hombre y a las comunidades contra el odio racial y el privilegio económico, contra la fuerza militar, los abusos del poder político y el desenfreno de la masa, del número que no crea derecho y que implica uno de los mayores peligros de falsificación de la democracia”.

Efraín González Luna defiende una concepción jusnaturalista al postular la existencia de una constitución previa e implícita que es la base de la constitución escrita. Esta constitución anterior y no escrita constituye un sistema fundamental de convicciones, sin el cual: “la ley positiva puede convertirse o, más bien, degradarse, de ordenación racional para el bien común, en aullido bestial de cualquier déspota enemigo del hombre, de su naturaleza, de su dignidad”.

El cofundador de Acción Nacional postula con toda claridad el papel central que la ciudadanía tiene en todo orden democrático, al considerar que el Estado “es la sociedad misma, en cuanto organizada jurídica y políticamente”. Así, el elemento básico del Estado es la sociedad, de ahí la vitalidad de las ideas políticas y del conocimiento de los derechos por parte de cada quien: “No puede haber, por tanto, consenso social, constitución básica, doctrina democrática, no puede tener vigencia práctica la democracia en un país, si cada ciudadano no tiene ideas políticas o no las sirve lealmente, no conoce sus derechos o no los ejercita, no tiene conciencia de su deber o no lo cumple”.

La democracia es algo más que un sistema electoral o un conteo de votos periódico, implica someter al Estado al servicio de las personas y de sus comunidades, su objetivo superior es la realización del bien común, elemento primordial para la salvación de las personas. A su vez, la democracia responde a la dignidad humana al sustentar la natural igualdad de las personas, quienes son los titulares de la autoridad que las representa. La base del régimen es un consenso basado en la conciencia y la convicción de participar en un designio común.

La recta concepción de la persona, la prioridad del orden espiritual, la subordinación a fines superiores y la concepción de la sociedad como un orden que surge naturalmente, son pilares materiales de la democracia, la cual se sustenta en una constitución previa, en las ideas políticas de las personas, en el cumplimiento decidido de los deberes y en el ejercicio libre de los derechos.

 

Twitter: @JavierBrownC

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