De la democracia formal a la democracia material
Publicada el Jue, abr 20, 2017

Por Javier Brown César.

Durante el siglo XX vivimos la expansión del Estado hasta los límites que se hicieron evidentes con la crisis de 1982 y la nacionalización de la banca. En los años siguientes, mediante un movimiento pendular abrupto, se transitó de un Estado obeso a la privatización acelerada: el Estado omnipresente se replegó, pero su lugar no fue ocupado por una ciudadanía que el control corporativo y paternalista sojuzgó y plegó a una actitud pasiva, expectante.

A la postre ha sucedido lo que Enrique Krauze vaticinó en su ensayo Por una democracia sin adjetivos: “Si el gobierno renuncia a la omnipresencia y la sociedad no participa ocupando el espacio político que le corresponde, el vacío lo llenarán los Porfirio Díaz y los Victoriano Huerta de la hora”. El vacío de poder dejó espacios que una sociedad civil debilitada por décadas de paternalismo no pudo ocupar cabalmente, salvo en esporádicos momentos como los que se dieron después de los terremotos de 1985 o con la campaña presidencial de 1988.

Como el colectivo llamado sociedad civil, que en el fondo es una ficción teórica, no pudo reafirmarse a sí mismo redimiendo a la patria, ahora se encarga la tarea política de redención a los candidatos independientes, con predecibles resultados: a la postre terminarán formando partidos y se hundirán en el vacío de promesas que en buena medida son incapaces de cumplir. El remedio a nuestros males no ha estado en el sujeto macro llamado sociedad civil, ni ahora en el sujeto micro encarnado en la figura del candidato supuestamente independiente, está en la transición de una democracia meramente formal a una democracia real, material, lo que conlleva superar atavismos y romper esquemas.

Vivimos una crisis de representación causada por autoridades que velan por su propio interés, haciendo que por encima del bien común prevalezcan intereses particulares y privados. La falta de crítica fundada ha dado pie a la prevalencia de un sistema político incapaz de evaluarse a sí mismo y reconocer sus errores. La sociedad padece a diario el triunfalismo absurdo, el chovinismo vergonzoso y la tentación fácil para las autoridades de utilizar los recursos públicos con fines privados, de desviar los recursos etiquetados para actividades, programas y acciones específicas, hacia la compra de lealtades mercenarias y de silencios cómplices.

No hemos puesto un alto a las autoridades que buscan formas novedosas de extraer recursos de la ciudadanía, con actos de abierto vampirismo político, que se traducen en cargas impositivas onerosas que engordan a una clase política, lo que lleva a su límite la realidad contrastante de personas que mueren por desnutrición, al lado de personas que mueren por culpa de la rampante obesidad. No hemos logrado que los funcionarios públicos dejen de ser enemigos del pueblo, para pasar a ser sus siervos, garantes de sus libertades y promotores decididos del bien común.

Nuestra democracia es frágil porque no hemos construido las instituciones que, más allá de la eficacia de los procesos electorales, le den sustento y firmeza, y que apuntalen un sistema de partidos que, en lugar de vivir de la extracción de rentas del Estado, se convierta en correa de transmisión de intereses y demandas sociales.

Hoy día, en lugar de la auténtica rendición de cuentas, se da la entrega de cifras triunfalistas y alegres que no sólo no dicen nada, sino que ofenden a la ciudadanía con su ininteligible retórica, y que publicitan como logros deslumbrantes lo que debería reportarse como el simple y nudo cumplimiento del deber mínimo de remediar males.

Nuestra democracia es frágil porque no hemos valorado la eficacia de la política y su prioridad para construir un orden que sea garantía del progreso con justicia. Ante esta fragilidad democrática amenaza la llegada de cualquier caudillo improvisado o de algún mesías tropical que, prometiendo el cielo en la tierra, nos lleve al infierno de dictaduras populistas que oprimen a la prensa, desaparecen al Poder Legislativo y en su protagonismo faraónico generan hambre y miseria. México ya conoce la andanada populista y aparentemente ya la superó: no merecemos que se repita esta vieja historia.

Debemos transitar de un régimen de culto a la personalidad a un nuevo esquema de construcción de instituciones, tal como Manuel Gómez Morin lo hizo en su tiempo, sepultando el culto al presidente, al gobernador, al alcalde, al legislador, al cacique.

Necesitamos Congresos que sean contrapeso eficaz de los poderes ejecutivos, que escrupulosamente vigilen el gasto, así como leyes estrictas que lleven a la cárcel a ejecutores del gasto corruptos, jueces imparciales que hagan realidad el ideal de justicia pronta y expedita, y de un orden en el que la ley se aplique por igual para todos. Nos merecemos legisladores insobornables, que no medren con su cargo, sino que cumplan con la radical y fundamental encomienda ciudadana de representar sus intereses.

Debemos dinamitar las estructuras basadas en la concepción patrimonialista del poder político: la política no es una empresa pública que pueda ser administrada con fines privados. La ciudadanía debe asumir el quehacer ciudadano y no la renuncia vergonzante de sus deberes, lo que implica dejar de ser espectadores para pasar a ser los actores principales que rompan la cadena de complicidad entre las autoridades, las policías, los jueces y los ministerios públicos.

Una democracia plena demanda medios de difusión independientes, constituyéndose lo que Enrique Krauze denominó “la mejor Secretaría de Educación Política del país”. Merecemos una prensa auténticamente libre que no hinque la rodilla ante los seductores recursos que un poder público corrupto y corruptor le pueda inyectar, que sea independiente de los deseos y afanes de los poderosos y que, en vez de promover sangre, morbo y deporte, genere una cultura cívica democrática.

Dos factores están colapsando nuestra frágil democracia: el catastrófico desempeño económico del gobierno y la percepción de que la democracia es un disfraz detrás del cual están nuestras más rupestres y retrógradas prácticas políticas: culto a la personalidad, centralismo, poca representatividad de las autoridades, simulación, corrupción, impunidad y turbios arreglos de una clase política que se aferra a sus mal habidos privilegios.

La política debe dejar de ser, a decir de Carlos Díaz: “el arte de obtener dinero de los ricos y votos de los pobres para proteger a unos de otros… de hacer marchar del brazo la verdad y la mentira para que no sepamos cuál es la mentira y cuál la verdad; de oprimir al pueblo por el pueblo en interés del pueblo… Porque la mala política atenta contra la razón de ser democrática”.

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