De la decadencia a la modernidad
Publicada el Jue, Oct 18, 2018

Por Carlos Castillo.

El fin del siglo XIX mexicano trajo la irrupción de los primeros frutos de la revolución industrial y la automatización, de la electricidad pública, de las transformaciones urbanas que daban nuevo rostro a una capital y a un país que, bajo el signo del porfirismo, entró de lleno en la llamada modernidad.

Si esos cambios profundos tuvieron en el positivismo una filosofía que buscaba descifrar y modificar la realidad mediante la influencia de los llamados “científicos”, en el ámbito del arte existió un tránsito que llevó del llamado decadentismo a los albores de un nuevo tiempo, cortado de tajo por el movimiento revolucionario pero que representó una etapa clave, sobre todo, de la literatura nacional.

El epicentro de los escritores decadentes fue la Revista Moderna, punto de encuentro de una generación que volvió los ojos a una Europa donde sus pares franceses, con Charles Baudelaire a la cabeza, reaccionaron ante un mundo que ensanchaba los contornos de la vida cotidiana, esa que la novela o la poesía se encargan de retratar y describir.

Junto a ese espacio editorial que reunió a autores como José Juan Tablada y Amado Nervo, Efrén Rebolledo o al pintor e ilustrador Julio Ruelas, los escritores decadentes encontraron en el escándalo, en la vida disipada, en la embriaguez o en la existencia que quedaba al margen de los nuevos avances, espacios e inspiración para rebelarse frente a una técnica que pretendía homologar y dictar “buenas maneras”; un modo de hacer las cosas en armonía con una ciencia inspirada en las luces del progreso, que pretendía reglamentar, justificar, medir y evaluar cualquiera de las actitudes y comportamientos individuales o sociales.

Novelas y versos, cuadros o relatos buscaron ahondar las profundidades de la marginalidad, de lo incorrecto y lo relegado, bajos fondos de una sociedad que no se beneficiaba por igual –cosa nada nueva– de los avances y descubrimientos: el México oscuro y citadino en épocas de luces nocturnas, el rezago de quienes no alcanzan a incorporarse a una recién venerada rapidez, la posibilidad de una forma distinta a la que marcaban cánones y manuales que regían costumbres y usos impuestos y estandarizados.

Tras el escándalo juvenil y la gozosa negación, los decadentes más radicales padecieron las consecuencias de las elecciones asumidas: muerte prematura, enfermedad que deforma y aniquila, marginalidad que, orgullosa, buscó dar voz y rostro a quienes poco a poco son devorados por una civilización que avanzó indiferente, confinando al olvido, al encierro o a la invisibilidad a sus detractores y críticos más radicales.

La historia de esos pocos años, no más de dos décadas, la narra José Mariano Leyva en Perversos y pesimistas. Los escritores decadentes mexicanos en el nacimiento de la modernidad (TusQuets, 2013): un recorrido a través de una generación que es, también, protagonista de la historia mexicana porque sin ella, sin su capacidad de iluminar lo que por ninguna otra vía hubiese salido a la luz, quedaría incompleto un relato que sólo registraría la voz de los vencedores.

Los sobrevivientes del grupo decadentista son, además, los fundadores de la siguiente página de la historia, el Ateneo de la Juventud, negando del pasado y renegando del origen, a veces avergonzados de sus raíces, otras indiferentes a lo que no termina por representar más que una escala breve; también dispuestos, los más destacados, a construir un equilibrio donde la vorágine de su propio tiempo sea compensada con la serenidad que la edad, la experiencia y el propio ritmo de la vida social del país genere cauces nuevos para conducir a quienes llegan a ocupar los lugares vacíos.

Leyva ofrece así la descripción minuciosa y detallada de un tránsito, de las convulsiones de un cambio de siglo que fue violento no sólo por la guerra sino, sobre todo, por la certeza de que un tiempo terminaba y otro requería construirse en todos los ámbitos de la vida privada y pública.

Los decadentes son, al final, ese gozne que se atropella y se desgasta, un pivote que de tanto ir y venir termina por romperse pero que en esa función de puente hace posible el contacto de tradiciones y edades, la renovación y la continuidad: una historia que transcurre en episodios continuos y es, en cada una de sus etapas y desde cada uno de sus actores, el relato que después se llamará historia nacional.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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