Cuatro voces para una historia
Publicada el Lun, Ago 28, 2017

Por Carlos Castillo.

Fue en 1956 cuando China, bajo el gobierno de Mao Zedong, convocó a intelectuales, académicos y artistas para opinar acerca del presente y el futuro de una nación que iniciaba su ruta hacia la modernidad.

Atrás quedaban siglos de dominación extranjera, una cruda guerra civil y una tradición milenaria que aún hoy ostenta logros que transformaron la historia de la humanidad (la pólvora, la brújula, la tinta y el papel): China nacía a un siglo que sobrevivía a dos guerras mundiales y a la bomba atómica, y compartía el optimismo que genera todo comienzo, todo tiempo fundacional.

Hacían falta entonces las manos que construyeran el “tiempo nuevo”, así como las mentes que imaginaran el rumbo a seguir. Los modelos eran dos, y se debatían entre el capitalismo norteamericano, por una parte, y el comunismo ruso, por la otra, pero ninguno era suficiente porque había la voluntad de emprender un esfuerzo que fuera propio, auténtico e innovador.

Aquellos convocados aportaron su crítica, sus propuestas e ideas, pero un año después, en 1957, se decidió que nada de eso era adecuado y, por el contrario, resultaba indispensable reeducar a quienes, a partir de lo expresado, disentían del modelo establecido, experimento que intentaba superar los logros de las dos potencias mundiales y proponer una alternativa que a no pocos, en ambos lados, pareció adecuada e incluso superior a lo conocido: el maoísmo.

Se emprendió entonces una competencia para demostrar que la ruta elegida podía competir e incluso triunfar. Los intelectuales que proponían inclinarse a uno o a otro lado fueron detectados y reclutados para sumarse al esfuerzo colectivo que haría de China un modelo a seguir, y el destino de quienes tuvieron ideas distintas fue la reeducación en campos de trabajo.

Es ahí donde Yan Lianke ubica la trama de Los cuatro libros (Galaxia Gutenberg, 2016), obra que narra la vida en los campos a los que fueron enviados músicos, escritores, científicos y académicos que en mayor o menor medida expresaron opiniones que disentían del modo oficial de pensar.

Cuatro modos de mirar una misma historia, cuatro perspectivas que describen el esfuerzo de una nación por sumar todas las manos bajo el objetivo conjunto de una nación por situarse entre las grandes potencias que encabezaban el orden mundial. Dos protagonistas destacan y conducen la trama de una obra donde convergen la esperanza y la frustración: “el niño” que tiene a su cargo el campo de trabajo, y “el escritor” que acepta la consigna de redactar informes secretos sobre sus compañeros de presidio y con ello ganar méritos para reducir su condena.

La producción agrícola, la generación de metales, el cultivo de cereales –tareas asignadas desde un poder central y lejano– son la rutina y el sentido de los días que transcurren entre estación y estación del año, con la esperanza de la liberación que vendrá como recompensa del esfuerzo, con la convivencia cotidiana de quienes constatan que ese esfuerzo jamás será suficiente y que sólo sirve para condenarse aún más.

Se desgasta la tierra por consecuencia de la explotación desmedida, en busca de producir más cereales que cualquier otro país.

Se tala hasta el último árbol para mantener vivo el fuego de los hornos donde se funden los metales que superarán la producción de los países industrializados.

Se instala la hambruna tras inviernos en los que no llegan las provisiones suficientes y la muerte se convierte en personaje central, la sobrevivencia al costo que sea, el canibalismo y la esperanza sólo para los más fuertes: la vuelta a un estado natural que es asimismo el fracaso de todo ese esfuerzo conjunto, la resignación que, como el Sísifo de Camus, ve rodar al final de cada día la piedra que durante la jornada empujó hasta la cima.

Yan Lianke hace uso de metáforas bíblicas, de episodios históricos, de la experiencia propia, de la tradición filosófica para escribir el retrato de una época que generó la mayor hambruna en la historia de la humanidad, y ese testimonio es también el de un tiempo aún por descubrir y documentar, que ya ha recibido la crítica y la condena –al menos parcialmente– de sus herederos, que aún espera la apertura para ser investigado y narrado en sus muchos errores y trágicas consecuencias.

Los cuatro libros es, al final, una historia que hay que entender, asimilar y valorar para comprender cuánto de lo que es hoy en China costó el sacrificio de millones de vidas que merecen ser honradas o al menos rescatadas del anonimato.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias

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