Arendt y los cauces de la libertad
Publicada el Mar, Jul 23, 2019

Por Carlos Castillo.

Los clásicos alumbran el presente por su capacidad de dar respuestas a conflictos de la naturaleza humana que son permanentes, aquellos que obedecen más que a la circunstancia, a la profunda complejidad del alma humana en su actuar particular y social.

El Renacimiento, que marca el final de la Edad Media y sus mil años de duración, es precisamente un reencuentro con esos clásicos griegos que, a resguardo en Oriente y tras la caída de Bizancio y la invención de la imprenta, se difundieron para dar nueva forma al pensamiento occidental.

El reencuentro con Roma fue, en ese sentido y en palabras de la filósofa alemana Hannah Arendt, la posibilidad de imaginar a partir del pasado nuevas formas de comportamiento y organización política, desde los cuales se construyeron las repúblicas modernas durante el siglo XVIII.

Ese proceso sacudió a los estados absolutistas y tuvo en las revoluciones estadunidense y francesa sus hechos más significativos: son, precisamente, las que abren la puerta a una nueva forma de entender y vivir la libertad, y a los que Arendt dedicó el libro Sobre la revolución, aparecido en 1963.

Y es el tema de la expansión de obligaciones y derechos el que la propia Arendt destaca en La libertad de ser libres (Taurus, 2018), edición inédita y aparecida hace unos meses, síntesis de aquel tomo publicado en los años sesenta del siglo XX en el que, también desde el análisis de los procesos francés y norteamericano, se profundiza en el modo en que ese nuevo sentimiento, esa nueva forma de vida bajo un nuevo signo, trastoca un orden que tiene en la violencia una primera y radical manifestación.

La construcción institucional de las nuevas repúblicas no es ni instantáneo ni algo precisamente algo “revolucionario”: no se sale de un régimen ni de una forma de entender la realidad como se sale de una habitación para entrar a la calle. Es, por el contrario, a partir del momento en que ese recobrar de los clásicos sirve para dar forma a un futuro, un porvenir que deja de añorar el ayer para ir sentando las bases de algo nuevo.

Y siempre bajo el signo de la libertad, ambos países, con apenas unos años de diferencia –EEUU en 1765, Francia en 1789–, comprenden que no basta con decretar una serie de derechos si hay obstáculos que impiden ejercerlos. Así, la miseria se visibiliza como ese escollo en ambas naciones, y su solución se convierte en el condicionante para instalar el nuevo sistema de gobierno.

Librarse de un régimen es, de este modo, la primera condición para conquistar la libertad. La segunda, y que debe ir de la mano, recuerda Arendt, es liberar del miedo, de ese temor frente al futuro, de esa incertidumbre que tiene en la espiral de la duda su más cruda manifestación.

Ese miedo, también, que hace añorar el pasado y lleva incluso a desear su retorno con tal de evitar la vacilación frente a lo nuevo que se construye. Ese miedo que lleva a encerrarse al ser en sí mismo y a las propias comunidades en su mismidad para evitar la llegada de nuevas ideas, conceptos y modos de vida. El miedo a lo diferente, a lo distinto, a lo que no se ha delineado y que ese temor evita siquiera poderse imaginar.

La gran causa para que ambas revoluciones puedan o no tener éxito –recuérdese que la francesa termina en la restauración de una dictadura, la napoleónica– es precisamente la capacidad o incapacidad de una y otra para liberar de un régimen y de la pobreza. En Estados Unidos, una sociedad mucho más homogénea facilitó la nueva forma de gobierno y, al final, la instauración de esa república que hasta hoy, y con no pocos escollos por superar en nuestros días, sigue siendo representativa de las libertades.

Quizá la principal enseñanza del clásico que es hoy Hannah Arendt se manifiesta en el modo en que esa búsqueda de nuevas formas de convivencia, cuando son incapaces de entender la complejidad de la realidad de la que se sale, pueden terminar en regresiones hacia modelos que se creían superados.

Y que lo que hoy se encuentra en juego en el tránsito que es el siglo XXI es la forma que se ha construido en los últimos siglos de entender, asumir y vivir la libertad, es decir, justamente la libertad de ejercer la propia libertad.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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