Ana y Bruno
Publicada el Lun, Ago 27, 2018

Por Mabel Salinas.

Todo proyecto animado suele implicar un arduo trabajo. Si la preproducción es importante para cualquier filme, aquí cobra vuelos cruciales, pues cada personaje debe diseñarse desde cero. Aunque el actor ayuda a moldearlo con su interpretación vocal, es el animador quien le permite cobrar vida con base en los dibujos realizados y las aportaciones del histrión. Y aunque la industria animada mexicana se encuentra en pañales, eso no impidió que Carlos Carrera se diera a la tarea de realizar un largometraje que, estéticamente, cumple con los parámetros para competir a nivel mundial con hegemonías creativas.

“Ana y Bruno” es la adaptación de la novela Ana, de Daniel Emil, quien también escribió un guion que, si bien el espectador más vivo dilucidará en los primeros minutos si se mantiene atento a los detalles, ofrece una historia preocupada por mantener distancia del reino de los clichés y la convención. El proyecto es arriesgado, pues incluso emplea tabúes dentro de las historias infantiles; acerca a los niños a temas complejos, profundos, aunque naturales y que podrían incitar a la conversación familiar madura en torno a la muerte, la orfandad, la situación de calle o las enfermedades mentales.

Sin embargo, no por ello Carrera nos enfrenta a una historia pesimista, es una dosificada amalgamación entre la realidad y la fantasía sin el más mínimo intento de puerilizar. Narra la historia de la pequeña Ana, una niña que arriba con sus padres a un aislado lugar a la orilla del mar. Su papá debe partir y ella permanece al lado de su madre, pero cuando inusitados peligros las acechan, la pequeña parte al lado de un cúmulo pintoresco de amigos imaginarios para hallar a su progenitor, quien debe rescatar a su madre de sí misma y lo que la rodea.

Además de sus atrevimientos temáticos, “Ana y Bruno” destaca por su calidad visual. Al haberse hecho en 3D estereoscópico se imbuye en una técnica de alto calibre económico y que, por lo mismo, es poco trabajada en el país. Por ende, la idea que surgió en 2006 tardó una década en cristalizarse (el filme se culminó hasta 2016). No obstante, en realidad se realizaron cuatro años de trabajo continuo. Los traspiés vinieron del área económica, pues en dos ocasiones el trabajo se detuvo por la falta de dinero. La producción incluso llegó a solicitar apoyo financiero por parte del público para finalizarse.

El trabajo se complejizó a tal grado que 40 personas comenzaron trabajando en el filme y terminaron involucradas 400. Esta colorida historia con reminiscencias expresionistas tuvo un costo de 8 millones de dólares, lo cual visto desde la perspectiva de la plataforma local es una cifra alta, pero desde los ojos internacionales se convierte en una producción de presupuesto irrisorio, lo cual deja bastante material para reflexionar sobre las posibilidades de convertir a la industria animada en un negocio redituable. Talento lo hay y “Ana y Bruno” lo demuestra.

Visualmente, la cinta que contó con las voces de Damián Alcázar, Héctor Bonilla, Marina de Tavira, Galia Mayer, Silverio Palacios y Regina Orozco, cuenta con personajes memorables y creativos, desde una niña de redondos ojos y cabeza grandes, como salida de un cuadro de Margaret Keane hasta un ser orejón y voluntarioso como Bruno, una elefante en cuya piel se juega con la textura o seres humanos que en sus deformidades físicas exteriorizan sus fallas mentales o su crudeza interior. Argumentalmente “Ana y Bruno” es un cuento que aborda con delicadeza problemas cotidianos, es conmovedora y una pieza refrescante dentro de la filmografía nacional.

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