Alemania, siglo XXI
Publicada el Mie, Mar 21, 2018

Por Carlos Castillo.

La catástrofe que trajo consigo la Segunda Guerra Mundial demolió consigo muchos de los parámetros que hasta ese momento imperaron en Occidente: desde el concepto de justicia y hasta el de soberanía, a partir de 1945 se inició lo que se ha denominado un nuevo orden mundial.

Al frente de este, Estados Unidos y la Unión Soviética controlaron cada cual desde sus propios valores y principios la mitad de un siglo que se caracterizó por una tensión permanente, una amenaza de cataclismo nuclear y un frágil equilibrio basado en el miedo, los arsenales y el poderío militar.

La frontera entre una y otra potencia era la ciudad de Berlín, en Alemania, capital que tras la derrota fue dividida entre los aliados; sus ruinas eran, así, administradas por fuerzas extranjeras y padecidas por una población diezmada, plena de carencias y fracturada entre un pasado reciente que se buscaba olvidar y un futuro que no se alcanzaba aún a vislumbrar.

No obstante, la determinación del pueblo alemán, el liderazgo de una clase política firme y decidida, así como una vocación de trabajo, esfuerzo y determinación terminarían por convertir a ese país en lo que es hoy: una de las más grandes potencias a nivel global y el motor más activo de la Unión Europea.

¿Qué ocurrió para que en un breve periodo de tiempo unas condiciones paupérrimas dieran paso a una de las economías más poderosas del orbe? Se ha llamado “milagro alemán” a una suma de estrategias que permitieron convertir la desgracia en aliciente para salir adelante hasta nuestros días, cuando bajo el liderazgo de Angela Merkel ese país se ubica en la vanguardia mundial de derechos sociales, calidad de vida, influencia internacional y poderío financiero.

Contrario al modo en que, empero, muchas de las potencias se establecieron como tales durante el siglo XX, el caso de Alemania no acudió ni al militarismo ni al potencial bélico: fue una suma de eficiencia, soft power, derechos humanos, calidad y estabilidad democrática y una industria de calidad mundial que permitieron la creación de un modelo alternativo de empoderamiento global.

El recorrido que siguió Alemania en estos poco más de setenta años lo traza con brevedad precisa Hans Kundnani en La paradoja del poder alemán (Galaxia Gutenberg, 2016), obra que en seis capítulos permite revisar las distintas etapas por las que se construyó, prácticamente de la nada, un nuevo país.

Ahí aparecen los grandes líderes de esa historia: Konrad Adenauer, Willy Brandt, Helmuth Kohl y la propia Merkel; los grandes consorcios como BASF, Volkswagen, Mercedes Benz y también “las medianas empresas alemanas, la mayoría familiares, con menos de quinientos empleados y que [para el año 2013] proporcionaban el 60% de los puestos de trabajo y la mitad del PIB”.[1]

Están también los grandes temas globales abordados desde la perspectiva nacional: el pacifismo, el ecologismo, la economía social de mercado, la Unión Europea; también los no pocos conflictos que se debieron enfrentar internamente, en la definición de políticas tanto locales como internacionales que representaron derrotas de unos, victorias de otros, izquierda y derecha con la capacidad de mirar por encima de sus propias ideologías y construir alianzas cuando es necesario, de separarse y volver a coincidir cuando hay motivos superiores para hacerlo.

El texto de Kundnani, concluido en octubre de 2015, no alcanzó a abordar con profundidad el último de los grandes retos alemanes: la cuestión migratoria y la crisis que tras los conflictos en Oriente Medio, en particular el de Siria, aqueja a la Unión Europea respecto de la acogida de refugiados provenientes de esa región. Tampoco alcanzó a ahondar respecto del resurgimiento de la xenofobia y el discurso de odio que el partido AfD (Alternativa por Alemania, por sus siglas en ese idioma) ha tomado como bandera y que crece en preferencias electorales.

Quizá por ello su conclusión, que “Europa no se puede gobernar desde Berlín”, parezca apenas dos años después incompleta, ya que Europa ha podido gobernarse desde Berlín, pero requiere sin duda de un proyecto común que, ese sí, no puede construirse de manera unilateral, sino más bien ser manifestación conjunta de un anhelo comunitario.

Un libro, en suma, que en muchos casos puede inspirar, en otros prevenir, y en muchos más ser ejemplo de altura de miras, de complejidad política, de vocación para mirar más allá de lo inmediato.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

[1]La paradoja del poder alemán, Hans Kundnani, p.131.

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