Se nos llamó alarmistas a quienes decíamos, desde hace varios años, que Andrés Manuel López Obrador es un peligro para México. Se nos ha llamado paranoicos a quienes alertamos del deseo de poder descontrolado del presidente y la amenaza latente de la instauración de una dictadura.

Desearía que los destellos autoritarios de AMLO sólo fueran una simple fobia de la oposición, pero cada vez son más evidentes sus insinuaciones de acabar con las instituciones que como contrapesos fortalecen la democracia de nuestro país. Y es que, con un grupo de legisladores serviles a él, parece no ser tan difícil cumplir con sus caprichos.

La mayoría que MORENA y sus partidos satélites han construido en las Cámaras ha hecho que el Poder Legislativo deje de ser un espacio de diálogo, debate, contrastes y equilibrio para el buen funcionamiento de nuestra República, y tristemente se ha convertido en el colectivo sometido a las órdenes que vienen desde Palacio Nacional, y es que aún y cuando la oposición gane los debates parlamentarios, los legisladores oficialistas son como el perro que debiera obedecer incondicionalmente a su amo, sin capacidad de disentir, de revirar o siquiera de cuestionar, es decir, aprueban lo que Obrador les pide.

Entre las muchas cosas que ha evidenciado López Obrador, particularmente, alarma su poco respeto a nuestra Carta Magna. Ya ha abusado de la mayoría que posee en el Congreso para hacer y deshacer lo que le viene en gana, para cambiar leyes y así sus cuates puedan ocupar espacios en su gobierno, como ocurrió con Francisco Ignacio Taibo o con Rosario Piedra. O promover la consulta para enjuiciar a ex presidentes y que la misma Suprema Corte de Justicia de la Nación la reconociera como constitucional… Pero ¿qué pasa cuando es la misma SCJN la que pudiera estar envuelta en atentados contra la Constitución?

Lo aprobado el 16 de abril en el Senado de la República desenmascara la endeble división de poderes que vive nuestro país. De pronto, a través de un artículo transitorio de una ley secundaria, los senadores pretenden aumentar el periodo del Ministro Presidente de la Suprema Corte y así su encargo se extienda dos años más, atentando así, sin el mínimo pudor, contra el orden constitucional (al cierre de esta edición la mayoría morenista en la Cámara de Diputados aprobó también dicha iniciativa).

Este hecho inaudito e indignante contraviene al artículo 97 constitucional. Alarma de sobremanera porque si existen intereses entre el titular del Ejecutivo con el presidente del Judicial, con el encubrimiento del Legislativo, ¿qué le espera a la vida democrática y a la procuración de justicia de nuestro país?

Preocupa porque entonces los poderes estarán al servicio de un solo hombre y quienes dirigen al país no son capaces de cumplir y hacer cumplir el precepto que nos rige como nación, dejando completamente desprotegidas a las instituciones de nuestro país.

El presidente ya posee al Poder Legislativo. Pareciera existir un contubernio con el presidente de la Suprema Corte y ha amedrentado al INE hasta el cansancio. ¿Qué nos hace creer que no buscará hacer lo que tenga que hacer para perpetuarse en el poder, y este pueda ser un precedente para que, transgrediendo la ley, extienda su periodo? Quizás sea alarmista y deseo que así sea, porque con las acciones déspotas y tiránicas del residente, con temor, viene a mi mente aquel refrán que dice “piensa mal y acertarás”.

El 16 de abril pasará a la historia como aquel día en que los senadores escribieron su nombre en el lodo, aquel en que no fueron capaces de cumplir con su juramento hecho el día que asumieron sus funciones. Como el día en que le entregaron un cheque en blanco al presidente, poniendo a su disposición la mayor de las fortunas que tiene nuestro país: su democracia. Fortuna, sí perfectible, pero que ha costado años y vidas poder construirla.

Vivimos tiempos de incertidumbre y la amenaza ronda a la realidad. Las elecciones del 2021 son decisivas y su trascendencia inimaginable porque Obrador parece no conocer los límites. Es la última oportunidad que tenemos la oposición y es nuestra obligación demostrárselo a los ciudadanos.

Lo que está en juego no es el futuro del PAN, ni de ningún partido político. Lo que está en juego es algo aún mayor, es el futuro de México, de nuestra democracia, de nuestra Constitución, de nuestras instituciones. Ojalá sólo sea paranoia.